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2020 apirilak 14 • 12:00

Hizkuntza: gaztelania

Karmelo C. Iribarren, poeta Karmelo C. Iribarren, poeta

Donostia Kulturak kultur eskaintzari eusteko apustua egin zuen 2020 udaberrian, Covid-19ak eragindako konfinamendu garaian: DK Etxean. Euskal idazle eta ilustratzaileek www.donostiakultura.eus webgunean argitaratzeko propio sortu zituzten kontakizun laburrak bildu zituen eta Koadernoa izeneko egitasmo horretarako idatzitako testua duzue ondorengoa.

Estampas donostiarras

Esta tarde el cielo estaba de un gris que aquí se conoce como «panza de burra», y que es algo así como el emisario de la nieve. Pero los termómetros digitales marcaban ocho grados a eso de las tres y media, tanto en Sancho el Sabio como en Alderdi Eder, lo que la hace imposible. Una pena. A mí no me hubiese importado nada verla caer desde este lado del cristal. La nieve –sin olvidar las incomodidades, a veces serias, que trae consigo– es, para mi gusto, el fenómeno más hermoso de la naturaleza. Ni la lluvia de estrellas ni los eclipses ni el arco iris pueden superarla. Ver nevar de madrugada te pone en contacto con algo, si no superior, sí diferente, único. Es de una trascendencia elegíaca. Quise captar algo de esto en un poema titulado precisamente así: La nieve. No recuerdo ahora mismo en qué libro se publicó. No importa. Me conformo con que no se haya deshecho todavía.

La nieve

A las cinco de la madrugada,
viendo nevar
sobre la autopista.
La imagen es tan bella que casi duele.
Me imagino así
el final de los tiempos:
la absoluta orfandad
bajo una luz apocalíptica
y la nieve —incesante, cayendo...—
como un réquiem,
ese
que ya nadie escuchará.

Lleva horas lloviendo. A veces levanto la cabeza y miro un rato la plaza, a ver qué pasa ahí fuera, en el mundo. Ahora, por ejemplo, cruza una señora bajo el paraguas sujetando con la correa a un perro diminuto, esquelético. Se le puede morir de una pulmonía ese animalito. Ahora, en camisa, corriendo, un obrero de la construcción. Allí enfrente está el Bar Esparru, donde me tomo el primer café todas las mañanas. Suele estar tranquilo a esas horas: unos cuantos abogados al fondo, y luego una oficinista triste, un cocinero y yo. Cada uno en su sitio siempre, como un pacto secreto. La oficinista parece soltera a la manera clásica, sin quererlo; el cocinero está esquelético, lo que antes era una contradicción; y en cuanto a los abogados, bueno, llevan corbata y suelen hablar de la bolsa y de fútbol mayormente. Sigue lloviendo... Pronto se encenderán las farolas.

La lluvia

Está cayendo ahora mismo
una lluvia fina, mansa,
sobre la plaza.
Es una lluvia a la que no le ves
la mala intención por ninguna parte,
todo lo contrario, se diría
que busca tu amistad, que te dice:
«no tengo más remedio que mojarte un poco,
va en mi condición, pero me gustaría
que nos llevásemos bien».
Ya sé que esto puede parecer una locura,
ponerle no sólo voz
sino sentimientos a la lluvia,
pero a mí es lo que me sugiere
ahora mismo su presencia,
mientras la veo caer lenta
entre las farolas hacia el empedrado,
y resbalar por mi rostro
reflejado en el cristal.

Esta mañana, en el Paseo Nuevo, a primera hora, el mar y el cielo tenían una quietud irreal, como de cuadro, como si llevasen siglos así. Al no haber ni gaviotas ni barcos a la vista, el efecto era aún mayor. La ausencia absoluta de viento hacía que el mar apareciese liso, sin una sola arruga, como un cielo, y unas pequeñas manchas blancas en línea, que ni nubes llegaban a ser, en el cielo, hacían que este pareciese el mar. Y ahí estaban, mirándose, y preguntándose acaso quién era quién.

El mar herido

Entre la soledad de los hombres
y la de Dios,
está la soledad del mar.
Nos habla de ella
ese afán suyo
por hacerse horizonte, cielo,
por disolverse en infinito.
Pero la falta de respuestas
le hace revolverse
con ímpetu de animal herido
hacia la costa,
donde, a base de zarpazos
—una y otra vez y otra—
hasta dejarse la piel
hecha espuma contra las rocas,
consigue, al menos,
que asistamos como espectadores
a su inmensa tragedia.

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